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Laxe, el corazón marinero de la Costa da Morte

Entre leyendas, acantilados y playas infinitas, este pequeño pueblo coruñés encierra la esencia más pura de Galicia: mar, magia y memoria.

Rincones de mi querida España: Laxe
Vista panorámica de Laxe. Imágenes cedidas por Beatriz Bariego.
Un rinconcito para perderse

Cala de los Cristales

Una pequeña playa escondida donde el mar ha pulido durante décadas fragmentos de vidrio hasta transformarlos en pequeñas gemas de colores. Es un ejemplo perfecto de cómo el Atlántico convierte incluso lo que un día fue desecho en belleza. Desde allí, siguiendo la costa, se llega al Faro de Laxe, un lugar imprescindible para contemplar la inmensidad del océano. A su lado se alza “A Espera”, la escultura de una mujer que mira al horizonte esperando el regreso de su marinero. Su figura, bañada por la luz dorada del atardecer, encarna la fuerza y la melancolía de la Costa da Morte. Pocas imágenes resumen tan bien el alma gallega.

En la provincia de A Coruña, se encuentra Laxe, un pequeño pueblo marinero que mira al Atlántico con la serenidad de quien ha aprendido a vivir con su bravura. Situado entre Camariñas y Malpica, en la comarca de Bergantiños, Laxe combina lo mejor de Galicia: paisajes salvajes, tradiciones vivas y una belleza que no se olvida.

Lo que diferencia a Laxe de otros pueblos costeros es su equilibrio perfecto entre historia, naturaleza y leyenda. Aquí, cada piedra y cada ola cuentan una historia. Dicen los vecinos que en sus montes aún habitan las meigas, las brujas sabias que conocían los secretos del mar y las hierbas del monte. No cuesta creerlo: cuando el viento sopla desde el faro y la niebla baja hasta cubrir el puerto, el aire se llena de misterio y parece que el tiempo retrocede.

Esencia marinera y natural

Al llegar, lo primero que atrapa es la imagen del puerto, con sus barcas de colores, las redes tendidas al sol y el olor a marisco recién cocido. Laxe conserva la autenticidad de los pueblos que no han perdido su esencia: calles de piedra, fachadas encaladas y el ritmo pausado de la vida marinera. Su playa principal, de más de dos kilómetros, es perfecta para pasear o bañarse en días de calma. Más allá, la playa de Soesto muestra el lado más salvaje de la costa, frecuentada por surfistas y amantes de la naturaleza. En dirección contraria, la laguna de Traba, rodeada de dunas y aves marinas, ofrece un remanso de paz donde solo se escucha el sonido del viento y del mar.

Laxe se disfruta sin prisa. Es un lugar para caminar por su paseo marítimo, recorrer las rutas que bordean los acantilados o simplemente sentarse en el puerto a ver cómo se pone el sol. También es un destino gastronómico. Aquí los percebes son más que un manjar: son símbolo de valentía. Los percebeiros, hombres y mujeres que se enfrentan al mar para recolectarlos, encarnan una tradición heroica que se mantiene viva. Degustarlos recién cocidos, con una copa de albariño y la brisa atlántica de fondo, es una experiencia que justifica cualquier viaje.

Historias, emociones y tradiciones que perduran

Para mí, sin embargo, Laxe es mucho más que un destino. Es el lugar donde mi familia de origen gallego ha veraneado toda la vida, el escenario de mis recuerdos más felices: las tardes de playa, las fiestas del Carmen, el sonido de las campanas y las risas que se mezclan con el rumor del mar. Este año, el pueblo nos acogió de una forma distinta. Mi abuelo, que tanto amó estas costas, descansa ya aquí, mirando al Atlántico. Enterrarlo en Laxe fue nuestra manera de dejar una parte de nosotros en el lugar donde fuimos felices. Ahora, cada regreso tiene un nuevo sentido: recordarlo, visitarlo y seguir respirando el mismo aire que él tanto amó.

Estar en Laxe es vivir la calma y la emoción al mismo tiempo. Es sentir la fuerza del mar y la dulzura de sus gentes. Hay días de aventura, siguiendo senderos entre acantilados, y otros de pura quietud, viendo caer el sol desde la arena. Todo en este rincón invita a desconectar del mundo y reconectar con lo esencial.

Consejos

El mejor momento para visitar Laxe es entre junio y septiembre, cuando el clima es suave y el mar se vuelve más amable. En agosto, las fiestas del Carmen llenan el puerto de vida y emoción: las barcas engalanadas acompañan a la Virgen sobre las aguas, y el reflejo de los fuegos artificiales tiñe de luz el Atlántico. En cuanto a la mesa, no hay que marcharse sin probar los percebes, el pulpo á feira, las navajas o una empanada gallega en alguno de los bares del pueblo, siempre con un vino blanco de la tierra.

Y si hay un secreto que los locales comparten con orgullo, es el atardecer desde el faro. A esa hora, el sol se hunde lentamente en el océano y el cielo se enciende de tonos naranjas y violetas. El viento huele a sal, las gaviotas callan, y por un instante parece que todo se detiene. Es entonces cuando uno comprende por qué quienes llegan a Laxe, siempre regresan.

Porque Laxe no se olvida: se queda en el corazón, como una marea que vuelve una y otra vez, trayendo recuerdos, emociones y la promesa de regresar al lugar donde Galicia muestra su alma más profunda.

Laxe, Galicia
Vista desde el faro.
Laxe, Galicia
Vista panorámica de la villa costera de Laxe, con su playa de aguas tranquilas y puerto pesquero.

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ESCRITO POR:

Abogada senior del Área Laboral de Selier Abogados

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Una pequeña playa escondida donde el mar ha pulido durante décadas fragmentos de vidrio hasta transformarlos en pequeñas gemas de colores. Es un ejemplo perfecto de cómo el Atlántico convierte incluso lo que un día fue desecho en belleza. Desde allí, siguiendo la costa, se llega al Faro de Laxe, un lugar imprescindible para contemplar la inmensidad del océano. A su lado se alza “A Espera”, la escultura de una mujer que mira al horizonte esperando el regreso de su marinero. Su figura, bañada por la luz dorada del atardecer, encarna la fuerza y la melancolía de la Costa da Morte. Pocas imágenes resumen tan bien el alma gallega.

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