En el mundo laboral actual, el estilo de liderazgo marca la diferencia entre equipos agotados y equipos comprometidos. Cada vez se habla más del bienestar organizacional como tendencia, pero en mi opinión no se trata de una moda pasajera, sino de un requisito estratégico que hay que abordar desde la dirección. Estudios recientes confirman que un liderazgo cercano, empático y firme, enfocado en las personas y en los resultados colectivos, es clave para organizaciones saludables y exitosas, hasta el punto de que las empresas que cuidan el bienestar logran hasta tres veces mejores resultados que aquellas que lo ignoran.
Desde mi experiencia, un buen liderazgo ya no puede medirse solo con métricas tradicionales. He visto equipos florecer cuando sus líderes priorizan la salud mental y motivación de las personas, y también he visto el coste de estilos de mando autoritarios o indiferentes.
Los datos del Instituto Nacional de Seguridad y Salud en el Trabajo (INSST), son elocuentes y muestran el precio del malestar de los equipos. Solo en España, en 2023 se registraron más de 450 bajas por cada 1.000 trabajadores (la cifra más alta en una década), con 396 millones de jornadas laborales perdidas, y un coste asociado a problemas de salud mental de unos 6.000 millones de euros.
Las empresas pagan caro ignorar la salud psicológica de sus plantillas, en absentismo, errores provocados por sustituciones poco rigurosas o profesionales, y menor calidad y rentabilidad.
En contraste, promover el bienestar tiene un retorno claro. Por ejemplo, empresas españolas que invierten en bienestar han logrado mejorar en un 25% el desempeño de sus plantillas, y aumentar su compromiso (engagement) un 27%. No es idealismo, es estrategia avalada por la ciencia. No es una moda: es una necesidad.
Datos interesantes
Diversas investigaciones recientes de 2024 y 2025 resaltan las consecuencias positivas de los estilos de liderazgo actuales centrados en las personas. Un estudio publicado en 2024 por investigadores de la Universidad Vargas Torres y PUC de Ecuador concluía que los enfoques de liderazgo transformacional, empático o positivo llegan a forjar entornos de trabajo saludables y altamente motivadores, aumentando la retención de talento y la productividad.
En mi opinión, esto confirma algo evidente: cuando la gente se siente cuidada e inspirada, rinde mejor. Del mismo modo, la literatura sobre servant leadership (liderazgo de servicio) destaca que este estilo prioriza el bienestar y la armonía entre los miembros del equipo, fomentando una cultura de apoyo y crecimiento. No es casualidad que las tendencias globales señalen en la misma dirección: el informe Global Human Capital Trends 2024 de Deloitte subraya que conforme se difuminan los límites tradicionales del trabajo, rasgos como la empatía y la curiosidad se han vuelto invaluables en los líderes. Y PwC también destaca que los líderes de hoy deben desarrollar “soft skills” como la escucha activa y la comprensión, sin perder de vista la estrategia.
No podemos olvidar que este tipo de liderazgo proporciona beneficios concretos, tangibles, la empresa crece. Un informe reciente de la Harvard Business Review, afirma que quienes trabajan bajo un liderazgo empático y bajo programas de bienestar elevan hasta un 12% más su productividad y un 21% su compromiso, y las empresas obtienen un 21% más de rentabilidad en promedio.
Y a la inversa, una investigación de la universidad de Zaragoza declara que el llamado “liderazgo tóxico” introduce mayores niveles de estrés, burnout, acoso e incluso mayor intención de abandonar el empleo. En pocas palabras: liderar mal sale caro.
Es particularmente revelador el dato que compartió recientemente la Fundación Rafael del Pino: el 70% de los profesionales atribuye su felicidad laboral a la relación con su superior directo, y el 74% de los CEOs afirma estar muy preocupado por crear entornos de trabajo “felices”. Esto confirma algo que quienes lideramos equipos intuimos: la influencia del líder en el bienestar del equipo es enorme. Un entorno laboral positivo nace de líderes que valoran el bienestar humano como parte esencial del éxito empresarial.
Bienestar como cultura, no como maquillaje ni “lavado de cara”
A pesar de las evidencias, persiste un desafío: convertir el bienestar en cultura real y no en puro “postureo” o “lavado de imagen” de los que tanto se habla en cualquier aspecto que tenga que ver con la diversidad o la sostenibilidad.
Fíjate si la superficialidad con la que se trata este tema es peligrosa, que hay un estudio de la Universidad de Oxford en el que se afirmaba que las apps de meditación aisladas, o sesiones esporádicas de mindfulness, pueden no solo no mejorar la salud de las personas empleadas, sino que en algunos casos pueden empeorarla al no tener el rigor científico necesario, y tomarlo como una actividad lúdica sin consecuencias.
Además, existe una brecha de percepción importante y peligrosa entre piensan los jefes y lo que viven los equipos. Según la encuesta global de Deloitte de 2024, el 90% de las personas ejecutivas creen sinceramente que trabajar en su empresa tiene un efecto positivo en el bienestar de la plantilla, pero solo el 60% o menos de quienes trabajan en ella está de acuerdo. Casi 6 de cada 10 personas empleadas en el mundo están “renunciando silenciosamente” por desgaste.
En mi opinión, si la organización cree que todo va bien mientras su plantilla se quema, hay un problema de conocimiento, comunicación y de empatía. De hecho, el 59% de las personas empleadas, el 66% de los mandos intermedios, y hasta el 75% de los directivos, confiesan que considerarían seriamente cambiar de trabajo por otro que les ofreciera mejor bienestar.
¿Y qué se puede hacer para cambiar esto? Pues ante el pensamiento generalizado de que las políticas de bienestar son fingidas como he comentado unas líneas atrás, es urgente construir un liderazgo coherente basado en la confianza que esté dotado de políticas de conciliación reales, escucha activa, respeto por las cargas de trabajo, y desde luego un ejemplo desde la dirección.

Liderar con cercanía, empatía y firmeza hacia el bien común
En mi opinión, la cercanía y naturalidad en el liderazgo no es debilidad, es una fortaleza con un poder en el negocio aun no conocida. Combinar orientación a las personas y orientación a la tarea es una estrategia clásica en la psicología organizacional. Conocer a tu gente, saber por qué tienen una u otra cara cuando llegan por la mañana, tener la firmeza para defender su bienestar incluso frente a presiones de corto plazo, y ser resolutivo tomando decisiones difíciles cuando hace falta por el bien común, es el liderazgo al que deberíamos aspirar para lograr empresas sostenibles en todos los sentidos.
Considero prioritario poner el foco en el bienestar de los equipos, pero de verdad, priorizando la salud emocional y la motivación interna además de los resultados. Defiendo que primero son las personas, pero sin olvidar los resultados. Al fin y al cabo, los resultados sostenibles vienen gracias a las personas, no a costa de ellas.
El bienestar organizacional ya no es un simple bonus, algo de lo que ocuparse “si queda tiempo”, o un requisito para optar a una certificación o un premio. Considero que es un pilar central de la estrategia empresarial nada idealista, sino evidenciada con la reducción de la rotación, de las ausencias injustificadas, con el desarrolla de la innovación, la atracción del talento y mejores resultados.
Termino esta reflexión con una convicción personal reforzada por mi experiencia como directiva estos años: el liderazgo empático, transformacional y cercano no es una debilidad, es una fortaleza competitiva. Nos encontramos en una era donde por fin ya es una realidad que la sostenibilidad humana en el trabajo es tan importante como la financiera. En mi opinión, el liderazgo que más beneficio proporciona a la organización es aquel que inspira desde la cercanía y la firmeza, orientando a sus equipos hacia un éxito compartido. Porque el éxito, si no es colectivo, si olvida el bien común, sencillamente.